miércoles, 29 de abril de 2009

Cuestión de Escala


Un sugestivo fragmento, para pensar nuestro Universo de una forma diferente.


...podemos considerar [...] las unidades ma­yores susceptibles de ser reconocidas por el hombre. Estas son las ne­bulosas galácticas, cerca del centro de una de las cuales, conocida por Vía Láctea, existe nuestro Sistema Solar. Aunque la existencia de otras nebulosas más allá de la nuestra, el hombre sólo la conoció con la erec­ción de los modernos telescopios, varios centenares de miles están ahora al alcance de su vista y varios cientos de aquéllas han sido claramente observadas.
La apariencia de estas nebulosas, cada una de las cuales se compone de incontables millones de estrellas, es muy diferente. Algunas parecen líneas de luz, otras con forma de lentes y otras más son como espirales en las que corrientes de soles parecen brotar desde el centro como llu­via radiante. Esta variación, sin embargo, se está de acuerdo en que no es de la nebulosa misma, sino resultado del ángulo desde el cual la ve­mos – sea ya desde el borde, ya desde algo por encima de su plano, o ya mirando directamente desde abajo sobre ellas.
Toda nebulosa, incluso nuestra Vía Láctea, tiene de hecho el mis­mo diseño fundamental. Son, aparentemente, vastos discos de estrellas, separados cada uno por un infinito de distancia de los otros, aunque cada uno es tan inmenso que las estrellas que lo forman, por su solo nú­mero, parecen fluir y discurrir al modo de un gas o un líquido bajo la influencia de alguna gran fuerza centrífuga. Esta fuerza les imparte un movimiento o forma en espiral, a semejanza de una tromba en un are­nal que imparte movimiento en espiral a la columna de polvo que levanta.
Es indudable que nuestra Vía Láctea posee, también, esta forma centrífuga pero, naturalmente, sólo puede verse desde afuera. Para nosotros, situados dentro de su plano, aparece como una línea curva o arco de luz en los cielos por encima nuestro. Por contraste, vemos el Sol como un plano curvo o disco y, del mismo modo, magnificados los planetas. Mien­tras que al aproximarnos todavía más a nuestra escala, lo que podemos explorar de esta tierra es un sólido curvo o la superficie de una esfera.
Estas tres formas –arco, disco y esfera– son aquéllas en las cuales tres grandes escalas de entidades celestes se presentan a la percepción humana. Evidentemente no son estas las formas reales de esas entidades, pues sabemos muy bien que, vista desde cualquier otro lugar, la Vía Láctea, por ejemplo, aparecería no como una línea sino, a seme­janza de otras galaxias, como un disco giratorio.
Empero, estas formas aparentes de los mundos celestes son muy in­teresantes y de importancia. Porque pueden decirnos mucho, no sólo acerca de la estructura del universo sino, también, acerca de la percepción del hombre y, por este medio, acerca de su relación con estos mun­dos, y de la relación entre éstos.
Ahora bien, la relación entre un sólido curvo, un plano curvo y una línea curva es la relación entre tres dimensiones y una dimensión. Así se nos puede decir que percibimos la tierra en tres dimensiones, el Sis­tema Solar en dos dimensiones y la Vía Láctea en una dimensión. A otras galaxias las percibimos solamente como puntos. En tanto que al Absoluto no lo podemos percibir en ninguna dimensión – es absoluta­mente invisible.
Así, esta escala de mundos celestes –Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, la Totalidad de Galaxias y el Absoluto– presenta a la percep­ción del hombre una progresión muy especial. Con cada ascenso en es­ta escala, se le hace invisible una dimensión. Esta curiosa ‘pérdida’ de una dimensión es aparente aun en niveles que están más allá de su per­cepción, pero que todavía puede imaginar. En relación al Sistema Solar, la Tierra no es más una bola sólida sino una línea de movimiento; en tanto que en relación con la Vía Láctea, la elíptica del Sistema Solar deja de ser un plano para ser un punto. En cada caso, ‘desaparece’ una dimensión inferior.
Al mismo tiempo, con cada expansión de la escala se agrega una nueva dimensión ‘superior’ – la misma que es tanto inalcanzable como invisible a la entidad menor. De este modo el hombre, él mismo un só­lido y tridimensional –esto es, alto, ancho y grueso– puede trasla­darse por sobre toda la superficie de la tierra, creando la configuración de esta superficie, en su escala, el mundo tridimensional en que vive. Empero, en la escala de la tierra, esta superficie deviene únicamente bidimensional, a la que se agrega una nueva tercera dimensión –el grosor de la tierra– que es inconocible e impenetrable por el hombre. Puede decirse, así, que la tercera dimensión de la tierra es una especie diferente y superior de tercera dimensión, inconmensurable con la ter­cera dimensión del hombre.
Es así como en esta gran jerarquía celeste, cada mundo superior pa­rece descartar la dimensión inferior del mundo que queda por debajo, y agregar una nueva dimensión arriba o más allá del alcance de ese mundo. Cada uno de tales mundos completos existe en las tres dimen­siones de espacio, poseyendo empero una dimensión más que aquél que está debajo y una menos que el que está encima. Significa esto que ca­da mundo es parcialmente invisible para aquellos mundos mayores y menores que él mismo. Pero, en tanto que es la dimensión inferior del mundo menor la que desaparece en relación al mayor, es la dimensión superior del mayor la que es invisible al menor.
Desde nuestro punto de vista, podemos expresar que cuanto mayor es el mundo celeste, tanto más de aquél debe ser invisible; mientras que aquellas partes de tales mundos superiores, en cuanto son visibles al hombre, deben siempre pertenecer a sus dimensiones inferiores o más elementales.
Podemos comenzar a comprender mejor, ahora, el significado de es­ta apariencia linear de la Vía Láctea. Debe significar que la Vía Lác­tea real es mayormente invisible. Lo que vemos es una ilusión de nues­tra percepción limitada. El aparente ‘arco de luz’ debe ser un efecto de nuestro no verla en suficientes dimensiones.
Cuando vemos líneas o círculos aparentes en nuestro derredor or­dinario, sabemos bien qué hacer en orden a investigar los cuerpos a que pertenecen. Sea que nos movamos en relación a ellos, o sea que los mo­vamos en relación a nosotros. Al sentarme a la mesa en una habitación a oscuras, veo algo que semeja una línea de luz; mas al levantarme pa­ra ver más de cerca, la línea se transforma en un círculo; extiendo mi mano hacia aquello y cojo un objeto que resulta ser un vaso de vidrio. Antes de que hubiera alzado el vaso sólo había sido visible el círculo de la boca del vaso, revelado por la luz – primero al nivel del ojo y luego, desde arriba. Ahora, cuando le doy vuelta en mis manos, mi re­lación cambiante con aquél en el espacio y el tiempo, revela que no es ni una línea ni un disco, sino un cuerpo sólido dotado de toda clase de propiedades y que contiene una interesante bebida.
Esto no podemos hacer en relación con la Vía Láctea ni con otras galaxias. En su escala no podemos cambiar ni en un punto nuestra po­sición, sea en el espacio sea en el tiempo. En relación a aquélla somos puntos fijos y no hay modo de alterar nuestra visión de las mismas. Aun los movimientos de la Tierra y el Sol no producen un cambio per­ceptible en el punto de vista del hombre en millares de años; mientras que esos milenios, comparados con la edad de las galaxias, no tienen duración alguna. Es como si estuviéramos condenados por toda la vida a ver solamente el anillo del vaso. E, igualmente, podemos suponer que esto es nada más que un anillo o sección transversal de la galaxia que ven los hombres, y que siempre deben ver con su percepción corpórea.
¿Cuál podría ser la naturaleza real de la Vía Láctea y la de su re­lación con otras galaxias? ¿Qué es en sí misma una nebulosa? Estaría­mos perdidos a no ser por el hecho de que la relación entre los mundos celestes, la Tierra, el Sistema Solar y la Vía Láctea, deben tener para­lelos exactos en los mundos inferiores de electrones, moléculas y célu­las. Pues esta relación entre mundos interpenetrantes es por sí misma una constante cósmica, que puede verificarse tanto arriba como abajo. En su propia escala –revelada por el microscopio– una célula es un organismo sólido tridimensional, pero para el hombre es sólo un pun­to inmensurable. Es así como, entre los mundos microcósmicos, se pue­de observar las mismas adición y substracción de dimensiones. Pero con esta diferencia – que en este caso la naturaleza y el ser del mundo superior, su relación con y el poder sobre los mundos inferiores dentro de él, pueden conocerse y estudiarse. Porque ese mundo superior es el hombre mismo.
Ahora bien, la situación de nuestro Sistema Solar dentro de la Vía Láctea es casi exactamente la misma de una célula sanguínea dentro del cuerpo humano. Un corpúsculo blanco se compone, también, de un núcleo o sol, su citoplasma o esfera de influencia; y éste, también, está rodeado por todos lados por incontables millones de células semejantes o sistemas, formando el todo un gran ser cuya naturaleza sería, para la célula, difícilmente susceptible de concebirla.
Si, esto no obstante, comparamos el cuerpo humano a algún gran cuerpo de la Vía Láctea y una célula de ésta con nuestro Sistema Solar y queremos encontrar un punto de vista comparable al de un astróno­mo humano en la tierra, deberíamos esforzarnos por imaginar la per­cepción de algo semejante a un electrón de una molécula de la célula. ¿Qué podría conocer tal electrón acerca del cuerpo humano? Qué, en verdad, conocería acerca de su célula o aún de su molécula? Tales or­ganismos serían tan vastos, sutiles, eternos y omnipotentes en relación a él, que su verdadero significado estaría muy lejos de su comprensión, Empero, no hay duda que el electrón percibiría algo de su universo am­biente; y, aunque esta impresión estaría muy lejos de la realidad, es interesante para nosotros imaginarla.
Pues estos electrones, por la profunda insignificancia de su tamaño y duración serían, también, como los hombres dentro de la Vía Láctea; puntos fijos monodimensionales, incapaces de cambiar la visión de su universo humano ni en el grosor de un cabello. Es cierto que su célula estaría recorriendo su arteria así como el sol recorre su trayecto en la Vía Láctea –y que esta célula puede esperarse que realice muchos mi, les de circuitos del gran cuerpo en el curso de su existencia. Mas para el electrón nada significará esto, porque en toda la duración de su fugaz vida, la célula no habría avanzado ninguna distancia mensurable.
Así pues, como puntos, los electrones mirarían sobre una sección transversal estacionaria del cuerpo humano, en ángulos rectos a la ar­teria en la que fué destinada a moverse su célula. Esta sección trans­versal constituiría su universo visible o presente. Dentro de este uni­verso se daría cuenta, primero y sobre todo, del resplandeciente núcleo de su célula, fuente de toda luz y de toda vida para aquéllos y para to­do el sistema de mundos en el cual viven, Mirando más allá de este sistema, en el cenit –esto es, fuera de su sección transversal y arriba, dentro de la arteria– nada verían, porque sería aquí donde su célula y su universo marcharían en futuro. Un espacio igualmente vacío yace­ría debajo de ellos en el nadir. Porque sería de aquí de donde habría procedido su universo, o pasado.
Si, esto no obstante, mirasen fuera, siguiendo el plano presente de su universo, verían resplandecer por todos los lados con apariencia de ser un anillo brillante formado por un número infinito de otros núcleos celulares o soles, más o menos distintos del propio. De tener algún in­genio, podrían comprender que esta apariencia de anillo era una ilu­sión resultante de la reducción de la distancia y, en cambio, podrían suponerlo un vasto disco de células de las que la suya sería apenas una entre muchos millones. Posteriormente, midiendo la densidad de la nu­be celular en, los varios puntos del compás, podrían aun calcular que su propia posición está cerca del centro o más cerca de uno u otro borde de este disco. En esta forma podrían localizar su propio sistema den­tro de su galaxia. Pues este disco o nube de forma circular sería su Vía Láctea.
En muchos sentidos, los descubrimientos de los electrones pueden ha­cer paralelo a los descubrimientos de los astrónomos humanos y aqué­llos harían frente a problemas muy semejantes. A medida que estudia­ran la Vía Láctea de otras células y aplicaran métodos sutiles de medi­ción, podrían, por ejemplo, alcanzar la idea –como lo hicieron los as­trónomos humanos, en circunstancias parecidas – de que todas estas células o soles imperceptiblemente estaban retirándose. Ante esto los astrónomos humanos llegan a la conclusión de que los soles de la Vía Láctea fueron creados todos juntos, en una masa de compacta densidad y que, desde entonces, han estado retirándose al exterior desde el centro, en un disco que constantemente se dilata y constantemente rarifica. Ellos hablan de un ‘universo en expansión’. Si alcanzaran los electro­nes una conclusión análoga con respecto a su universo, por supuesto es­tarían describiendo lo que ocurre en una sección transversal del cuer­po humano después de la adolescencia, cuando dejan de multiplicarse las células pero donde las ya existentes se extienden, se dilatan y se sa­turan de agua y de grasa, produciendo el efecto de un cuerpo que se expande en circunferencia.
Por fin, cuando han agotado la especulación sobre su Vía Láctea, pueden los electrones descubrir, a inmensurable distancia más allá de sus límites, pero aún sobre el mismo plano, delgadas líneas y nubes que parecerían universos semejantes. Esto podríamos reconocer como la sec­ción transversal de otros cuerpos humanos. Pero para los electrones se­rían nebulosas extra–galácticas.
Pues bien, el estudio de estas distantes nebulosas o universos puede introducir a algunos curiosos problemas al observador electrónico. Al­gunos los vería, sencillamente, como líneas de luz y se daría cuenta que miraba al borde de un disco galáctico semejante al en que se encuen­tra él mismo. Sin embargo, otros podrían aparecer como circular o es­piral, tal como nos ocurre con ciertas nebulosas. En este caso supon­dría que las estaba mirando como alguien encima o en el futuro podría ver su propio universo.
¿Cómo sería posible tal cosa? Debemos responder, solamente si la percepción de estos electrones no estaba, de hecho, confinada absoluta­mente a una dimensión plana. Supongamos alguna ilusión por la re­fracción, alguna oscilación ondulatoria, que permitiera a su percepción abarcar, digamos, sólo dos grados por debajo del nivel de su plano. Un ángulo así sería demasiado pequeño para hacer que se dieran cuenta de algo del pasado, que mereciera hablarse de él, dentro (le su propio uni­verso. Pero proyectado a una distancia inmensa, ciertamente sería su­ficiente para abarcar todo el disco del universo que se encuentra en án­gulo recto con el suyo; es decir, la sección transversal, pero horizontal, de otro cuerpo humano.
De ser verdadera nuestra analogía lo precedente puede probar la sig­nificación del fenómeno celeste que ante nosotros aparece como Vía Lác­tea y como muy distantes galaxias. Representarían secciones de cuerpos inmensos, inconcebibles y eternos para nosotros y de los cuales nada podríamos decir, excepto que deben existir. ¿Pero es esto verdad? No puede haber respuesta directa. Sólo podemos decir que otra escala de vida, estudiada correctamente, revela fenómenos estrechamente com­parables con aquéllos que percibimos en los cielos y los cuales, ahí, en esa inmensa escala, están mucho más allá de nuestra comprensión. Y podemos agregar que, puesto que las leyes naturales deben ser univer­sales y puesto que el hombre no puede por sí mismo inventar un esque­ma cósmico, la analogía, que muestra la correspondencia entre diseños creados por tales leyes arriba y abajo, es quizá la única arma intelec­tual suficientemente vigorosa para determinados problemas.
Esta puede, en cualquier caso, revelar las relaciones. Así es como al estudiar el electrón en el cuerpo humano, vemos bien la escala del ser que pugna por apreciar la estructura, tiempo de vida y propósito de las muchas galaxias, en comparación con el fenómeno de que es testigo.


(Rodney Collin, El Desarrollo de la Luz).

martes, 21 de abril de 2009

Una palabra vale más que mil imágenes


Dicen que fue un chino el primero en enunciar esto (a la inversa, claro). Y como los chinos antiguos son reputados sabios, esta suprema necedad pasa por gran sabiduría. No dudo que es útil para fotógrafos, cineastas mudos y editores de libros de imágenes, pero no más allá. Siempre en términos de comunicación, la imagen es buena pues no tiene fronteras, y enseñando con el dedo una foto en un menú podemos salvarnos de la inanición en Bulgaria, por ejemplo. Pero las palabras... las palabras abstraen, categorizan, denotan, además de nombrar. Las palabras ordenan. Sin ellas, seríamos los simpáticos primates de la alta Edad de Piedra. Eso sí, con muchas imágenes, capacidad que compartimos con los animales.

A veces vemos descender varios escalones la abstracción de las palabras cuando alguien trata de darles carnadura: ternura, bondad, melancolía, compacto, silencioso... el bebé gordito o la parejita besándose o la adolescente seria en penumbras no evocan siquiera ínfimamente lo que la palabra denota... más bien es como una caricatura, un grotesco. Soy de los que creen que el libro es siempre superior al film. Este es una simplificación, una explicación asimilable para gente corriente, una reducción casi nunca lícita, un “made-easy-for-dummies”. Comparen.

La palabra es humana y humanizante. La imagen es animal. A los que opinan que una imagen vale mil palabras, los reto a que abandonen la palabra por un mes y traten de comunicarse exclusivamente por imágenes. ¿No valían más? Pero no con signos o gestos que evoquen palabras: con imágenes puras. Los gestos son palabras mudas. Con imágenes: “un kilo de papas”, o “lléneme el tanque con gasoil” (pero no haciendo el uno con el dedo o señalando al tanque y al surtidor. Dijimos que gestos no). Están fregados.

Además la imagen miente. Como el ser humano normalmente escotomiza, o sea recorta el campo visual hacia cierta forma o sector que le interesa, la imagen es engañosa. La imagen es un registro que nos fascina. Hoy en día casi todo es un dibujo. Las imágenes son manipulables, son creables. En Buenos Aires hay grandes carteles de una señora cuarentona que vende ropa interior, y por supuesto se muestra allí vestida con ella. Su cuerpo perfecto está modelado a Photoshop. Pero lo que interesa es esa persona en particular, su fama, su capacidad de vender. Sus estrías son secundarias, y por eso son suprimidas. En este sentido la imagen se subsume a una estructura que la sustenta y que tiene que ver con la jerarquía de esa persona en el escalafón de la popularidad. La imagen ahí no vale nada, o muy poco. Basta con que se parezca a esa persona lo suficiente (a veces no lo consiguen). Lo que galvaniza a esa imagen es el código social que la torna relevante. En suma, la gramática, las palabras.

Este texto tiene unas quinientas palabras. Igual pongo una imagen para acompañarlo. Es que queda más lindo.

jueves, 16 de abril de 2009

La leyenda del indomable


El título es el de un western protagonizado por Paul Newman. Muy buena película por cierto. Pero lo que me inspira ahora es algo más universal, el espíritu indomable que todos llevamos. Y es leyenda pues lo conocemos de oídas, por mitologías, indirectamente, sin saber que está en nosotros, que somos nosotros. En mi caso, no estoy a muchas generaciones de distancia de aquellos celtas que peleaban desnudos con el cuerpo pintado, aullando. El indomable emerge de vez en cuando, tímidamente, algo ahogado y descolocado por los modos de la sociedad actual. Pero nunca domado. Si ha aprendido, es empeñoso, luchador y entusiasta, paladín y justiciero. Si no, es cruel, egoísta y gratuitamente violento.

Dos poemas que dan testimonio de este aguerrido ser:

INVICTUS

En la noche que me envuelve,
Negra como la vorágine infinita,
Agradezco a cualquier divinidad que sea
Por mi alma invencible.

Oprimido por las circunstancias
Ni siquiera vacilo o lloro en voz alta.
Bajo los golpes del destino
Mi cabeza sangra pero no se doblega.

Más allá de este lugar de odio y lágrimas
Incumbe sólo el horror de la sombra,
Sin embargo la amenaza futura
Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecho es el pasaje
O cuán pesada la sentencia,
Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

(William Ernest Henley)

¡AVANTI!

Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por la ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.

Obcecación asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura
cinco minutos antes de su muerte!

¡PIU AVANTI!

No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
acomete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
como Lucifer, que nunca reza;
como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...

¡Que muerda y vocifere vengadora,
rodando en el polvo, tu cabeza!

(Almafuerte)

sábado, 4 de abril de 2009

Los Días de Vino y Rosas



Bueno, querían un ejemplo de Fun Jazz? Aquí hay... con este standard hiperclásico inoxidable de Harry Mancini...

Instrumentación mínima: Guitarra española, bajo acústico, tambor y ride. Sin trucos de estudio (sólo algo de cámara de reverb). Sin sobregrabaciones. Es decir, no toco la armonía del tema y soleo arriba. Toco todo de una vez.

Algo que me apasiona es que la guitarra se sustente sola, sin otro instrumento armonizando atrás (a no ser el contrabajo). Algo inusual en el jazz, así como también el sonido del nylon. Si ya está todo hecho (y bien hecho) antes, para qué repetir? Hay que innovar por algún lado, y yo elegí el sonido.

jueves, 26 de marzo de 2009

Moksa. Vagando y divagando: La Libertad.


Para obtener todo lo que quiero, lo único que necesito es libertad. Y esta libertad me la debo conceder a mí mismo. No necesito a nadie más. Y si invoco a Dios, él simplemente me dice “concédete tu libertad”. Pues ésta es patrimonio exclusivo de mi libre albedrío. Es un don de Dios inalienable. Un Poder. Y es el Poder del Universo. No hay cosa más grande. Concentrada en mí, en mi persona.

¿Qué es la libertad? El no-límite. La conciencia de lo absolutamente todo. Lo omniabarcante. Así soy yo, y debo concedérmelo. Libertad de ser, libertad de ver, de hacer, de ir y venir, retroceder y avanzar, libertad de tener. Me fundo con el Universo y lo entiendo. SOY el Universo. Y tengo el poder del Universo.

Concederme la libertad es saber que la poseo y obrar en consecuencia. Ese saber es laborioso, trabajado, buscado, aprendido, intuido… puede venir de repente o con morosidad, con vislumbres, con violencia. No lo se. Pero… la libertad ya está ganada, es mía. Dios no puede darme lo que ya tengo. Cabe a mí concedérmela. “Se libre, Claudio”. Así simplemente. Dejarme libre. Sentirme libre. SER libre.

Las ataduras no existen. Las limitaciones son una ilusión. Los condicionamientos son una ilusión. Todo gira a mi alrededor como planetas, satélites y soles. Soy centrípeto. Mi libertad es el orden del Universo. Lo percibo y lo ordeno con el corazón, y acerco a mí aquello que llamo. Mi deseo abarca todos los resquicios, con tensiones mayores y menores, y eso provoca la forma. Todo danza conforme mi voluntad, y así mi universo se establece y en él existo y él en mí existe. Mi Yo es ilimitado y atraviesa las distancias y toca y se entrecruza con cada objeto y con cada vacío.

Acto de permisión propio y divino. Puerta que se abre. Un pequeño movimiento de la mente… y se sale de ella para entrar en la trascendencia y la inmensidad. La puerta está siempre al alcance. Del otro lado, el Todo. Hay que abrir la puerta y saltar. Con fe, sin miedo. No abro la puerta y penetro pues las manos, los ganchos, las voces de la vida pasada me retienen, me llaman, me advierten… El miedo generado por las cosas hermosas de esta vida, el miedo a perderlas para siempre. La falta de experiencias con la absoluta libertad, que llevan a la mente a recelar de ella. Todo eso me retiene de este lado de la puerta.

Por eso debo concedérmelo ahora. Para tener la libertad, me lo debe permitir aquello que teme a la libertad: la mente. Ella es buena, pero es el fruto del pasado, del aprendizaje, de los padres, de las rutinas. Es lógico que recele. Pero paradójicamente debe ser ella quien me entregue la llave para acceder a la libertad. He allí mi vacilación y mi disyuntiva. Pues no hay confianza, y mi mente actualmente gobierna. Pero poco a poco me voy convenciendo.

Las limitaciones de mi mente a veces me obstaculizan. En el plano de la existencia terrestre, vengo desde el primer hombre!! Mis antepasados son una humanidad, una legión inconmensurable. Soy heredero de la humanidad completa. Toda esa sangre que desemboca en mí. No tengo conciencia de toda esa inmensidad!! El pensarla y sentirla, me da una sensación de amplitud, y me acerca a la libertad. Eso es: amplitud, amplitud, amplitud. Expansión. Sentirme expandido cada vez más, en tiempo y espacio. Imaginar esa expansión, lo que significa expandir la mente. Y la puerta será cada vez más fácil de abrir, pues la mente no la verá ya como una amenaza a su integridad.
(Imagen: Sarástegui)

De repente te vi



Sucumbir. Verbo definitivo. Sí, la historia está escrita en el cuerpo. Y la psicología, y las glorias y debilidades. Te vi después de años, ya esperando el rostro de la experiencia, lo inevitable, no siempre desagradable (si hay detrás un lápiz sostenido con dignidad para hacer esos trazos).

Me confesás que viviste y mucho. Me hablás de la riqueza de tu vida. De tus memorias, amores y aventuras. Entonces me pregunto...por qué. Algo no entendiste, algo no te llegó, algo no captaste desde la superficie de tus experiencias pues con una gigantesca goma de borrar quisiste, conservando la cáscara de los hechos, modificar su médula. Pero eso querida amiga, no resulta. O en todo caso, muestra que esa vida que dices ser tu tesoro vale menos, mucho menos, que un sentimiento receloso de acercarse a una parte de tu destino que es tan importante o más que la que sustenta tu orgullo. Muestra también la necedad de querer detenerse en un estadio temporal que crees floreciente, muestra la nulidad de la propia aceptación, muestra que tu vida no fue realmente tuya, sino un préstamo con devolución anunciada.

Te vi y de repente comprendí la vanidad, la amargura y el autodesprecio. También la estupidez de una cultura, que tiene estas grandes sombras proyectadas por su luz. Te vi y cayeron mil ilusiones, y me sentí desnudo por querer creer muchas veces en piadosas mentiras pensando que así se vive más feliz, cuando esa inautenticidad sólo puede provocar infortunio.

Te vi y sentí una íntima ternura y mucha compasión. Una hermandad contigo al observar tu rostro desfigurado, viendo en esos rasgos que vanamente quieren asimilarse a lo que fueron el espejo de mis vacíos y frustraciones. Y sentí un vergonzoso agradecimiento, pues me apuntas aquello que no quiero en mi y que he de luchar para remover, y tu ya no puedes.

Me dices desde los rasgos grotescos de tus cirugías que tengo que vivir una vida hermosa, casi como un deber, pues llegarán los años donde esa vida estará adherida a mis pliegues cual memoria viviente, despertando en mí recuerdos vigorizantes y nuevos bríos para los mil presentes y futuros en ciernes. Me lo dices desde tu negación a ellos, puesto que veo cómo los has pisoteado. Casi lloro.

Tu provocada automutilación me llena de cariño y me conduce a verte hermosa como querrías serlo, joven como ansías, y a tratarte como tal, soslayando el amasijo informe que el bisturí cometió... me obliga a penetrar la carne maltratada y a buscar en tí eso que buscas, ese tiempo vanamente detenido que para vos significa la hermosura de tu ser.



miércoles, 11 de febrero de 2009

Un camino hacia la realidad



Durante su vida, G.I. Gurdjieff relató a su discípulo Ouspensky un esbozo de sistema psicológico y cosmológico que llamó “Cuarto Camino” que fue publicado por el mismo Ouspensky en un libro famoso (“Fragmentos de una enseñanza desconocida”). Hoy en día la mayor parte de ese sistema se me aparece fantasioso e impráctico. Inclusive una parte de él, el “eneagrama” ha degenerado en un juguete New Age apto para vender libros pero completamente inútil para el verdadero estudio de uno mismo.

Sin embargo hay un núcleo simple de ideas poderosas que he aprovechado, y que se reproducen con diferente forma en otros sistemas esotéricos, en religiones y en enseñanzas que intentan acercar al hombre a un estadio superior de si mismo. Son 1) la noción de escala, o jerarquía, 2) la idea de evolución, que entraña la “creación de un alma” a partir de un trabajo sobre sí, 3) la división de la “máquina humana” en centros intelectual, emocional y motor/instintivo, con sus correspondientes subdivisiones (yo prefiero encarar esos “centros” como aspectos o áreas, no como sistemas o arreglos funcionales) y la posibilidad de encender los “centros superiores” (que serían el alma, un grado de evolución superior, o conciencia), 4) la clasificación de los alimentos en tres: comida, aire e impresiones, 5) el concepto de obyvatel, o buen amo de casa, punto de partida para el trabajo sobre sí , 6) los “mundos” interpenetrados – mundo 96, 48, 24, etc.—que yo interpreto como “niveles de realidad” (punto ligado directamente al 1, pero que separo por su importancia práctica), 6) que las emociones negativas deben ser evitadas, y 7) que el trabajo es práctico, eminentemente práctico.

Otros conceptos importantes, pero no esenciales para un trabajo sobre sí, por imprecisos y poco manejables, serían el de los cuatro estados (sueño, vigilia, recuerdo de sí y conciencia objetiva), esencia y personalidad, arte objetivo, mecanicidad, necesidad de una escuela con tres líneas de trabajo. Son coherentes con el núcleo anterior, pero los dejo de lado por poco útiles para el trabajo práctico, que es lo que me interesa.

Y hay otros conceptos verdaderamente nocivos sobre los que Ouspensky machacó, como por ejemplo la imaginación. Para ellos era un veneno, pero yo no entiendo de forma alguna que así sea y no veo el objeto de combatirla, en realidad no veo objeto alguno en combatir cualquier manifestación mental natural.

El trabajo sobre sí, a mi entender, es un camino en línea lo más directa posible hacia la realidad. Esto es, a medida que se avanza se experimenta un grado cada vez mayor de realidad. Eso es tornarse conciente. La conciencia es un continuo que apunta hacia la realidad, y el trabajo es llevarla hacia esa región. La realidad también es un continuo en el que nos vamos deslizando. No vivimos en la ilusión y de repente “despertamos” sino que estamos en la realidad, con más o menos conciencia de ella, de acuerdo a lo que me atrevería a bautizar “potencia” de la conciencia. Como en nuestro mundo nunca falta nada, no percibimos “agujeros”, sino que vemos la mezcla de “mundos” de diferente realidad, en una visión plana, como falta de perspectiva, introduciendo una nueva ilusión que es la “realidad” unívoca de esa imagen del mundo.

Trabajar sobre sí es introducir en nuestra visión esa perspectiva. Distingir, inteligir. Se trata de, mediante los alimentos adecuados, ubicados correctamente en la escala, nutrir las áreas intelectual, emocional y motor/instintiva para su óptimo aprovechamiento. Esto es ni más ni menos que inteligencia: inter-ligere, leer entre, elegir entre, entresacar.

Parece simple, pero por supuesto no es un paseo en el parque. El trabajo, al ser práctico exige una dedicación total. La buena noticia es que no es desagradable. Introducirse en la realidad es, digamos, placentero. Prefiero alejar totalmente la noción de sufrimiento, o de sacrificio previo para una recompensa ulterior. Hasta evitaría la palabra “trabajo”, y prometo hacerlo en un futuro próximo, cuando encuentre alguna mejor. Quien sabe “práctica de vida” o “realización”. Veremos.

¿Qué es más o menos inteligente? ¿Qué está en la base de las áreas intelectual, emocional y motriz, y qué en el pináculo? Tarea para nosotros. Por lo pronto, y por elección tomada como válida, las emociones negativas son irreales, poco inteligentes, del mundo inferior. Las nuestras y la de los otros. Entonces es buena política para nuestra práctica de vida no alimentarnos de ellas, no experimentarlas, no fomentarlas. Bueno, no es tan simple ni tan práctico inicialmente (por lo dificultoso). Pero es un aspecto emocional altamente distinguible. En la comida instintiva también hay distinciones apreciables. Comidas procesadas versus naturales, comidas libres de tóxicos versus conservadas o fumigadas, comidas hechas en buenas condiciones higiénicas versus comidas en condiciones dudosas, comidas intrínsecamente nutritivas versus comidas no-nutritivas, comidas sabrosas versus insulsas, y así vamos. Un menú delicioso y bien presentado, en un restaurant elegante, oyendo una música en vivo acorde, en buena compañía y con buena conversación, no dudemos que es un excelente y muy fino alimento para todas las áreas. Nos acercamos a la realidad con ello, no lo dude. No hace falta una cama de clavos.

Hay mucho para decir aún. ¡Pero este primer esbozo me ha dejado satisfecho!